martes, 6 de marzo de 2007

LA LLAVE QUE NADIE HA PERDIDO:

ELICURA CHIHUAILAF, POESÍA, RITO Y MEMORIA.

Elicura Chihuailaf Nahuelpán[1], nacido en Quechurewe, Región de la Araucanía, Chile, en 1952; obstetra de profesión, docente universitario y Secretario General de la Agrupación de Escritores Indígenas, forma parte --junto a Jaime Huenún, Bernardo Colipán, Leonel Lienlaf y otros-- de un notable grupo de poetas mapuche que desde la década recién pasada ha obligado (es un decir, por supuesto) a la crítica académica y al lector chileno a 'descubrir' así como Colón (es decir, a ver como insólitamente nuevo algo que siempre había estado allí) ese importante sector de la creación literaria nacional que había sido hasta entonces prácticamente desconocido o simplemente negado.
A saber, hasta el momento de la escritura de este artículo, Chihuailaf había publicado cuatro volúmenes de poesía (El invierno y su imagen, En el país de la memoria, A orillas de un sueño azul, El invierno su imagen y otros poemas azules) y, más recientemente, un libro testimonial, en prosa, titulado Recado confidencial a los chilenos. Un "recado confidencial –al decir del poeta—lleno de voces que me 'avalen' ante la suspicacia que el peso de la cultura dominante ha puesto sobre nosotros." (Chihuailaf. 1999: 11
Toda la obra de Elicura Chihuailaf, como la de los demás poetas mapuche y parte de la producción de otros poetas chilenos no mapuche principalmente localizados en el sur del país han producido la eclosión de una nueva tendencia dentro de la poesía chilena, tendencia a la cual Iván Carrasco ha denominado poesía etnocultural, la que –según el académico valdiviano-- sería "un tipo de poesía fundado en la experiencia de la interacción de culturas indígenas, europeas y mestizas.[…] Para expresar en forma consecuente esta situación, los poetas han necesitado recordar, aprender, modificar y mezclar distintos lenguajes, códigos y tipos de discurso, tales como las lenguas indígenas, sobre todo el mapudungun, el español standard y sus dialectos, en particular, el de Chiloé, los discursos cronísticos, históricos, de las ciencias sociales, de la comunicación de masas, etc." (Carrasco. 1995: 58-59)
La coexistencia de elementos culturales y lingüísticos, descrita por Carrasco, es evidente en El invierno su imagen y otros poemas azules, en cuya segunda parte, "A orillas de un sueño azul"/ "Ina Kajfv Pewma Mew", el autor ha optado por presentarnos sus poemas en español y en mapudungun, como para enfatizar que esa poesía es la creación de un hablante bilingüe, al mismo tiempo que el deseo de ser leído y entendido en ambas lenguas y por ambas culturas, como señala al final de la introducción: "Escribo para las hijas y los hijos de mis hijas que --en el campo y la ciudad-- leerán quizás mis poemas en mapudungun y en castellano, y reconocerán el lenguaje, el gesto, que media entre ambas versiones." (Chihuailaf. 1991: 7)
El deseo de que sus textos lleguen al lector por la doble vía del mapudungun y el español nace básicamente del objetivo que el poeta le otorga a su poesía: ser un vehículo para la comprensión del otro basado en el conocimiento y la aceptación de la diferencia. En lo anterior hay plena coincidencia con Galindo, quien manifiesta que los textos de Elicura Chihuailaf y Leonel Lienlaf "constituyen específicamente propuestas desde las cuales se explora en el problema de la identidad y la marginación desde la noción misma de la diferencia. En este sentido sus textos enfatizan un carácter ritual y vivencial de la escritura." (Galindo. 1993: 226)
Pero entremos de una vez al tema que nos ocupa en este ensayo, es decir, al comentario del poema "La llave que nadie ha perdido", que transcribimos completo a continuación:

LA LLAVE QUE NADIE HA PERDIDO

La poesía no sirve para nada, me dicen
Y en el bosque los árboles se acarician
con sus raíces azules y agitan sus ramas
el aire, saludando con pájaros la Cruz del Sur
La poesía es el hondo susurro de los asesinados
el rumor de hojas en el otoño, la tristeza
por el muchacho que conserva la lengua
pero ha perdido el alma
La poesía, la poesía, es un gesto, el paisaje
tus ojos y mis ojos muchacha, oídos corazón
la misma música. Y no digo más, porque
nadie encontrará la llave que nadie ha perdido
Y poesía es el canto de mis antepasados
el día de invierno que arde y apaga
esta melancolía tan personal.


Comentario del poema

"La llave que nadie ha perdido" se titula el poema que abre el cuarto libro de Elicura Chihuailaf, El invierno su imagen y otros poemas azules. El título de este poema, que es una metáfora de la poesía, resulta clave para la comprensión total del texto, aunque lleguemos a descubrirlo recién en el verso 11, cuando la metáfora se repite completa y sin ninguna alteración al final de una frase poética más extensa. La estructura, el tono y la atmósfera que crea el título podrían resultar engañosos para un conocedor de la poesía chilena que, sin aviso, pudiera relacionarlo inconscientemente a otros de Jorge Teillier, por ejemplo. Pienso en poemas como "En memoria de una casa cerrada", "En la secreta casa de la noche" o "Los dominios perdidos", sólo por nombrar algunos de los poemas de Teillier con los que comparte cierta similaridad fónico-sintáctica y que además crean una atmósfera poética muy parecida. De modo que, en una primera lectura, el título podría funcionar como una llave tramposa que nos podría hacer imaginar unas puertas que nunca traspasaremos, por lo menos en el poema que aquí se comenta.
El primer verso del poema nos golpea con una aseveración negativa, fuertemente descalificadora de la poesía misma tanto como de su valor e importancia para el ser humano: "La poesía no sirve para nada." Pero el poeta prontamente señala que tal descalificación no procede de él sino que viene de más lejos, de otros que "me dicen." Entendemos, entonces, que esta descalificación no es pasajera frase de un momento, ni de una situación específica, como también que no es frase emitida por una voz singular. Por el contrario, esta afirmación es una frase proferida y escuchada de continuo, razó por la cual, para el oído del poeta suena como un insulto personal, como una agresión desleal, tan injusta como gratuita. El poeta --así lo vemos-- siente el golpe de los agresores como un agravio o una bofetada en pleno rostro de la amada y del suyo propio. Me dirán que este comentario ha perdido el camino confundiendo peras con manzanas y que el tono romántico que percibo no está por ninguna parte en el poema. Discúlpenme, pero es así como entiendo la reacción del poeta, al menos en los versos 2-4. El poeta, cual caballero andante, defensor de la belleza y de los débiles, se pone la armadura, monta en su corcel de palabras y arremete contra quienes descalifican a la poesía y le niegan su importancia.
Los versos 2-4 parecen una simple descripción del paisaje, una pintura idealizada, eglógica, del mundo natural que rodea al poeta o que éste rememora. Sin embargo, ese "y en el bosque" que nos suena como 'mientras en el bosque', afirma que cada vez (es decir, siempre) que "esos otros" (metáfora de la ignorancia e inconsciencia humanas) desacreditan a la poesía, "en el bosque (mundo natural e incorrupto) los árboles se acarician" y "el aire saluda(ndo) con pájaros la Cruz del Sur." En los cuatro primeros versos el poeta establece claramente el conflicto que ha motivado la escritura del poema.
Nada nuevo bajo el sol, dirá alguien. El poeta ofendido por la descalificación de su oficio (la creación poética) evita responder a los agresores y prefiere sumergirse en el solaz que le produce la visión o rememoración de la naturaleza magnífica, pero, el poeta, que no es nada evasivo, va más lejos. En esos tres versos, por medio de la palabra poética, toma posesión de su entorno natural, ese entorno que --como veremos-- es suyo y de los suyos, a quienes pertenece de la misma manera como ellos pertenecen al entorno con el cual forman un todo indivisible.
La descripción del paisaje (su paisaje) le permite también identificarse, decir ’éste soy yo, así soy, aquí vivo’, en este espacio de mundo. Por eso, no vemos ni una sola referencia al medio urbano, tampoco a otras personas, tan sólo elementos de la prodigiosa Madre Natura: bosque, árboles, raíces, ramas, aire, pájaros. Pero entendamos que no se trata de árboles ni bosques de cualquier sitio del planeta. Son los bosques del sur del mundo, del sur de Sudamérica, específicamente del sur de Chile, de la tierra mapuche como indica la alusión a la Cruz del Sur (elemento cósmico), ni menos se trata de cualquier persona este poeta/hablante/defensor del importante papel que cumplen la poesía y el medio natural en la vida humana. Tampoco se trata de un joven poeta embarcado de pavo y por error en la descascarada nave del modernismo. Nada de eso. Esas "raíces azules[2]" del tercer verso nada tienen que ver con el simbolismo del color azul del modernismo rubendariano sino con algo que le es mucho más propio, más personal, íntimo, vivo e identificador de su condición: es un poeta mapuche, es un poeta de ese pueblo que se llama a sí mismo gente de la tierra.
Entonces los versos 2-4 no son un simple apartado ni una acotación evasiva, sino que, por el contrario, reafirman el posicionamiento del poeta en su mundo íntimo (el de un mapuche sensible conectado íntimamente con la naturaleza) y en su mundo cósmico (que abarca desde las azules raíces de los árboles--no menos que las de esos otros árboles que son sus antepasados[3]-- hasta la estelar Cruz del Sur). Este posicionamiento en su lugar natural y en las creencias y la tradición de sus mayores (que ya es una defensa de la poesía, entendida como valoración de las raíces íntimas del ser) le permite hallar la fuerza necesaria para iniciar su propia defensa de la poesía, una defensa frente a los agresores, esos otros que "me dicen," esos plurales otros que no son algunos, ni unos pocos, ni un pequeño sector de la sociedad sino todo ese conglomerado humano, ciego a la belleza del medio natural y de los mundos de la intimidad, que ha dado vida a una época cegada por el consumismo y los vicios con los que nos ha atropellado la modernidad.
De esta manera, mientras “esos otros” critican, descalifican y rechazan la poesía y el valor de la belleza de lo simple, el mundo natural sigue siendo bello, es belleza en sí mismo, a la vez que es el creador de una belleza que al poeta le gustaría ver repetida en la sociedad. Los gestos de amor y de afecto no se ven en estos versos en la relación humana sino en esos árboles de raíces azules que se acarician protegidos por la capa del suelo nutricio y el aire que saluda con pájaros a la lejana Cruz del Sur. Afecto frente a indiferencia, naturaleza frente a sociedad.
El resto del poema (versos 5-15) es la defensa directa que el poeta hace de la poesía, a través de una extensa serie de metáforas que parcialmente la definen y describen. Si ordenamos la serie, veremos que la poesía es:
1. el hondo susurro de los asesinados
2. el rumor de hojas en el otoño
3. la tristeza/ por el muchacho que conserva la lengua/ pero ha perdido el alma
4. un gesto
5. el paisaje
6. tus ojos y mis ojos muchacha
7. (el) oído(s)
8. (el) corazón
9. la misma música
10. el canto de mis antepasados
11. el día de invierno que arde y apaga
12. esta melancolía tan personal.
Hemos ordenado la serie de metáforas para facilitar su visualización y la elaboración de estas notas, sin por eso perder de vista que esta serie de parciales definiciones no ha sido presentada como un todo continuo por el poeta, quien hábilmente corta la secuencia en el verso 9 para retomarla en el verso 11. Entre ambas partes de la serie de metáforas el poeta manifiesta enfáticamente: "Y no digo más, porque/ nadie encontrará la llave que nadie ha perdido," como si con esa frase diera por terminada la reflexión que es su defensa de la poesía y, con la misma, concluyera también el poema. Sin embargo, tras ese instante de aparente recogimiento y silencio, llegan hasta la memoria del hablante/poeta otros elementos imprescindibles para completar su definición de la poesía. Este hecho agrega tres nuevos elementos a la serie metafórica. Tras esta acotación, volvamos a dicha serie.
Para Chihuailaf la poesía es (y está en) el mundo natural, la memoria, la valoración de los antepasados y su cultura, los sentimientos (el amor, en particular), el milagro de vivir y, al mismo tiempo, es el instrumento o herramienta para la perpetuación de todo eso. La poesía es memoria permanente que prohíbe la intromisión del olvido allí donde no debe: "es el hondo susurro de los asesinados," "el canto de mis antepasados." Pero no se piense que el poeta se abstrae de la contingencia. El "susurro de los asesinados" es metáfora del silencio que pesa sobre los muertos, de la imposibilidad de recordarlos a viva voz, de la prohibición total de su recuerdo. Y no se limite a entender ese susurro como el de los muertos por la dictadura sino a todos los muertos del pueblo mapuche en quinientos años de acosamiento winka.
La poesía es (y está en) la naturaleza que persiste en su diaria lucha por la vida, ante la continua agresión del winka (otra vez), es decir que es la misma fuerza destructora e inconsciente la que golpea a la naturaleza y la que golpea al pueblo mapuche. Así, la naturaleza y el pueblo mapuche sufren el mismo acosamiento, las mismas vejaciones, son lo mismo, unidad plena. Pero, digamos también que la poesía es conciencia de su raza, dolor ante la pérdida de identidad por el alejamiento y el olvido de las raíces, a la vez que, conciencia de los peligros que acometen a las nuevas generaciones de su pueblo. De allí que la poesía sea también "la tristeza/ por el muchacho que conserva la lengua/ pero ha perdido el alma," es decir, el joven mapuche que vive confundido a causa de la pérdida de su identidad (obligado muchas veces), de la pérdida de su cultura y de la comprensión del mundo de la manera en que siempre lo han visto y comprendido los suyos.
La poesía es un gesto, es decir, una señal de deseo de comunicación, un acto --por mínimo que sea-- que indica un cambio, una marca que viene a alterar la rígida monotonía. La poesía es (y está en) el ser humano y en su capacidad sensorial (ojos, oídos, corazón, entendido como sentimiento), en la relación humana, en el amor de la pareja, "tus ojos y mis ojos muchacha", que crean, interpretan y son la misma música. Y es aquí, precisamente, en mitad del verso 11, donde el poeta juega su carta maestra, aquella que a lo largo de todo el poema ha mantenido oculta bajo la manga (aunque la haya mencionado en el título). El flujo del discurso se detiene inesperadamente en mitad del verso, "Y no digo más," como diciéndonos "¡basta con eso!, ¡no más explicaciones!, a buen entendedor pocas palabras." Pero detengámonos –nosotros, lectores-- en este punto, que no es eso lo que dice el poeta, quien prontamente explica que no dice más "porque/ nadie encontrará la llave que nadie ha perdido."
¿Qué misterio es ése? ¿A qué llave alude el poema? Este verso, clave de verdad, resemantiza todo el poema y, en particular, la serie de definiciones ofrecidas hasta ese preciso punto. De esa extensa serie de descripciones que apuntaban a igual número de temas o motivos poéticos (hechos, cosas concretas, emociones, etc.) pasa a una metáfora breve, definidora y sentenciosa como el saber de esos antiguos a los que ha venido aludiendo todo el texto. La poesía es, ni más ni menos, una llave maestra. No es la llave huidobriana que abre mil puertas a lo desconocido e inesperado, esa llave que sólo unos pocos elegidos pueden manejar sino una llave más universal, presente en todos y en cada uno de los seres humanos, en todas y cada una de las cosas con las que convivimos, en cada elemento del universo sin límites. La poesía es "la llave que nadie ha perdido." ¿Deberemos entender entonces que esa llave está en todos, que habita en todos? ¿Iremos por el camino correcto? Como ocurre a menudo en la lectura de un poema, seguramente vamos por uno de los varios caminos posibles, porque, a nuestro entender, el verso "nadie encontrará la llave que nadie ha perdido" sugiere que si nadie la ha perdido y todos la han tenido siempre, esa llave que es la poesía debería estar en cada ser humano desde el origen hasta la ceniza, como diría Neruda. Sólo que hay que descubrirla y, por lo visto y leído, no todos parecen poseer la habilidad ni el interés de hacerlo como remarca el poema. Vive en todos, está en cada uno, pero, queda establecido que no es fácil descubrirla si se ha necesitado buscar tantas fórmulas para dar a entender eso que está en todos.
Y que quede claro que esto no es sólo afán interpretativo o deseo de comprobar la propuesta que hemos esbozado hasta aquí porque inesperadamente en el antepenúltimo verso (13), cuando el poema parece haberse cerrado, con llave puesta y más, pues todo ha sido dicho y aclarado con esa sentencia tan abstracta como definitiva; el poeta recapacita y decide poner unos ladrillos más a la justificación de que la poesía está allí, presente en todo, no para servir como un utensilio de barro o de madera sino para expresar el sentir y la cultura de los humanos así como el interminable rotar de las células en todo lo existente o de los astros en el cosmos eterno, porque poesía es también:
10) el canto de mis antepasados
11) el día de invierno que arde y apaga (y)
12) esta melancolía tan personal.
En una perfecta gradación descendente el poema nos conduce de lo amplio y eterno a lo mínimo y pasajero, del canto de los antepasados (canto, cuento, historia, memoria viva, perpetuación de la cultura propia en esos días de invierno[4], en ese siempre invierno del sur, en esos quinientos y tantos años de prolongado invierno sin ver nunca el advenimiento de una primavera de libertad, hermandad, plenitud y contento), pasando por el día de invierno que arde y apaga igual que el ciclo de la vida, hasta ese soberbio --en su minimalidad-- verso final.
La poesía, nos ha dicho y le ha dicho primeramente a su pueblo el poeta chileno- mapuche Elicura Chihuailaf, es y está en todo elemento que es parte del universo, desde la maravillosa Cruz del Sur parpadeando eterna en las noches de ese hemisferio (la naturaleza, el amor, la vida misma) hasta "esta melancolía tan personal" sin la cual seguramente este poema no se hubiera escrito nunca.

BIBLIOGRAFÍA
Carrasco Muñoz, Hugo. 2000. “Introducción a la poesía mapuche”, Pentukun 10-11: 17-26.
Carrasco, Iván. 1991. "Textos poéticos chilenos de doble registro", Revista Chilena de Literatura 37: 114-122.
-----, "Literatura etnocultural en Hispanoamérica: Concepto y precursores", Revista Chilena de Literatura 42: 65-72.
-----, 1995. "Las voces étnicas en la poesía chilena actual", Revista Chilena de Literatura 47: 57-70.
Chihuailaf, Elicura. 1990, El invierno su imagen y otros poemas azules. Temuco: Ediciones Literatura Alternativa.
-----, 1999. Recado confidencial a los chilenos. Santiago: LOM Ediciones.
Galindo, Óscar. 1993. "Escritura, historia, identidad: Poesía actual del sur de Chile." Óscar Galindo y David Miralles: Poetas actuales del sur de Chile, Antología-Crítica. Valdivia: Paginadura Ediciones.
González Cangas. 1999. Héroes Civiles & Santos Laicos. Palabra y Periferia: Trece Entrevistas a Escritores del Sur de Chile. Valdivia: Barba de Palo.
Yilorm Barrientos, Yasna. 1998. "Elicura Chihuailaf: El niño soñante en busca de la doncella celestial", Documentos Lingüísticos y Literarios 21: 42-47. Valdivia: Instituto de Literatura y Lingüística de la Universidad Austral de Chile.

[1] Refiriéndose al simbolismo de los nombres en la cultura mapuche, el poeta dice refiriéndose al suyo: "Demasiada tarea me dieron a mí por Elicura, que significa "piedra transparente"... y mi apellido Chihuailaf, que significa "neblina extendida sobre un lago" (González. 1999:75)
[2] La importancia que tiene el color azul en la cultura mapuche y, en particular, para Elicura Chihuailaf es extensamente explicada por el poeta en una entrevista con Yanko González Cangas: "Ese azul tiene que ver con nuestra historia, es el origen de la vida mapuche. Hay dos relatos que son fundamentales en nosotros. Uno, que se confunde con el origen, que es ten ten cai cai, que en definitiva es un relato que tiene que ver con el surgimiento permanente de la vida mapuche […] El otro, ten tepu can cai, que dice que el primer espíritu mapuche vino desde el azul, pero no desde cualquier azul, desde el azul del oriente. De allí que el semicírculo en la ceremonia nguillatún está dirigido hacia el oriente , el círculo se completa en el azul. Este azul existe en el espíritu de cada uno de nosotros; pertenece a este cuerpo perecible, de lo breve, que en definitiva se llama vida y su estancia en el nag mapu, en la superficie, en la tierra. La casa donde yo nací, era azul por dentro y por fuera, un país azul. Esto es lo que se ha constituido en la columna vertebral que mueve mi poesía, por eso mi insistencia sobre el azul." (González Cangas,:1999 :76)
[3] Véase la cita de Papay Marivl que Chihuailaf pone de epígrafe en su Recado confidencial a los chilenos: "Folil aliwen taiñ namun/Mvpv vñvm rupalelu niey taiñ Piwke"/ "Raíces de árboles son nuestros pies/ Alas de ave de paso tiene nuestro Corazón."
[4] "Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí, con los animales y con la gente. Nada más, me decía, hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos que suelen esconderse en el viento." (Chihuailaf. 1999: 17)