martes, 6 de marzo de 2007

SON ELLAS, LAS HERMOSAS, LAS ILUMINADAS:[1]

Salve Dolorosa y La Santa

Hasta los seis años habité en una casa ubicada a menos de cien metros de la iglesia y la escuela de las monjas, una casa de madera --bastante pequeña y sumamente maltratada por los años-- que arrendábamos a las monjitas. Mis padres, muy creyentes y muy chilotes, me acostumbraron desde pequeño a la asistencia a misa todos los domingos, festivos y fiestas de guardar, además de la obligada compañía a novenarios y velatorios de parientes, amigos y vecinos de la familia. De manera que los primeros textos literarios que fueron archivándose en mi memoria deben haber sido las oraciones del rito católico bien rezadas y mal aprendidas porque mi oído poco aguzado en ese tiempo (y menos entendido en honduras religiosas) me hacía repetir lo que oía, y oía mal, como vendría a darme cuenta varios años más tarde.
En la introducción de Juan Francisco Zabaleta al libro de su madre, la poeta Sonia Caicheo, hay una frase que golpeó mi memoria motivándome a escribir estas líneas. Dice el prologuista: "le ruega a la madre divina en letanía de 'Salve Dolorosa', un antiguo rito cristiano que sobrevive entre las penínsulas del sur, y que llama a la Mujer-Madre a acunar el llanto que se transforma en escarcha o lluvia entre los desterrados hijos de Eva." La frase que he puesto en bastardilla remeció mi memoria llevándome al instante en que descubrí lo que esa misma frase (tantas veces repetida mecánicamente en mis oraciones) quería decir. De niño me pasé repitiendo la oración como hilo mágico/ maravilloso que me conectaba a la esfera de lo celestial sin entender, ni tratar de entender, qué es lo que decía eso de "los desterrados y josdevas." Nunca tampoco pregunté a nadie qué significaba esa palabra, josdevas, tan maravillosamente extraña, que no estaba en mis libros (mi conocimiento, digo) ni se la usaba en ningún otro contexto. Quizás haya tenido la idea de que nadie podría develar ese misterio, quizás tuviera temor a preguntar o tal vez simplemente no se me ocurrió preguntarle a nadie porque para el niño que era entonces las cosas de la religión eran así como esa palabra que sin significar nada probablemente lo significara todo.
Algunas décadas más tarde, en tarea de investigador de la cultura chilota, llegué a numerosas islas y poblados del archipiélago a la siga de las festividades religiosas tradicionales. Una vez en Caguach, en un frío agosto de Caguach, hallándome en las alturas del coro de su iglesia para tomar unas fotos y hacer unas grabaciones, volví a sentirme igual a ese niño de antaño, sobrecogido como ante una tormenta sobrenatural por la tremenda fe de ese pueblo reunido allí para cantarle y suplicarle a su Jesús Nazareno. Al suyo, reitero, es decir a la imagen --con cabello natural y vestidura de seda morada-- de Jesús Nazareno (el Santo de Caguach) que albergan en su templo, que no a otra imagen ni a Jesús mismo, según imagino. De la vivencia de esa fe primordial, ciega como toda fe, y sin necesidad de explicaciones ni lugar para la duda --ni siquiera para descubrir el significado de las palabras-- salto a comentar dos libros de poesía de reciente data, dos libros escritos por mujeres que, por cristianas y chilotas, también han compartido las vivencias de ese mundo que pinto en estas líneas.

1. Poesía como oración

Para muchos de los poetas actuales originarios de Chiloé la poesía tiene un carácter oracional. El poeta ha sido puesto en esa posición (voz personal y voz de los suyos) y su palabra es algo más que herramienta para nombrar, es un instrumento sagrado y poderoso que le fue dado para hacer el mejor uso que de él pueda, ya denunciando, suplicando, orando, cantando, rescatando o dejando testimonio, pero siempre creando, iluminando, siendo voz pública.
Mario Contreras, en una entrevista reciente, señala: "Y escribo porque me fue dada la orden, antes de nacer, supongo, y ya nacido, aquel lejano pero siempre presente aciago día en que el mundo se nos dio vueltas, se nos puso patas arriba. Antes de nacer, claro, el Gran Espíritu, como dicen que dicen los valerosos Sioux, me tenía predestinado, y yo mismo me le ofrecí al cumplir los doce años. Al parecer, él no me necesita todavía, o si me necesita no es para ser Gran Jefe o Sacerdote sino para combatir en tareas más humanas y leves."
Sergio Mansilla, en el texto inicial de El sol y los acorralados danzantes, señala: "En 1986 publiqué mi primer libro: Noche de agua, Santiago, Rumbos; pero siento que fue la primera palabra de una oración (en el sentido religioso) que no sé cuándo ni donde terminará." (p. 5)
En una entrevista que hice a Rosabetty Muñoz en 1992, al preguntarle sobre su poesía y su condición de poeta, me respondió lo que sigue: "Creo que me dio un lugar muy especial en el mundo, un lugar que no tenía antes de la poesía. Fue como encontrar la verdadera vocación, así de fundamental. Yo fui profesora por accidente, porque lo que quería era escribir literatura. Yo me considero como una poeta contenta de serlo y como que es una elección. Yo creo que hay algo de divino en esto. A uno la eligen. Yo me considero una elegida y creo que encontré justo, justo, el camino que necesitaba como para ir más cerquita de la felicidad."
En Sonia Caicheo, el título de su libro más reciente, Salve Dolorosa, nos ahorra mayores comentarios.

2. Dios Te Salve Reina y Madre…

Salve Dolorosa es un libro compuesto por 37 poemas, organizado en cuatro partes cuyos títulos son fragmentos secuenciales de la oración cristiana del mismo nombre (I. Dios Te Salve Reina y Madre, Madre de Misericordia; II. Dios Te Salve, a Ti clamamos los desterrados hijos de Eva; III. A Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas; IV. ¡Ea!, pues Señora, Abogada Nuestra…), que da a todo el libro el carácter de una sola oración en el mismo sentido en que Mansilla se refiere a au propia poesía. El volumen se cierra no sin antes adosar un glosario de tres páginas del vocabulario típicamente chilote utilizado en el libro, bajo el título "Palabras nuestras de cada día" que vienen a ser el verdadero cierre del volumen y corolario de la oración, ampliando su sentido, puesto que dichas palabras son "El pan nuestro de cada día" para la poeta que escribe y para la gente sobre y para la cual, en primer lugar, escribe. La oración (que es ruego, súplica y cuestionamiento) se hace desde Chiloé y en el lenguaje propio de allí. Quiero creer que el glosario va dirigido solamente a los lectores (humanos) no chilotes, excluyendo, por lo tanto, a la Virgen María, que sería la destinataria final y definitiva de esta tan cristiana y humana oración Si me equivoco, y el glosario también es para la Virgen y Dios, por su intermedio, todo el volumen y el sentido del texto adquiere un tono de mucho mayor agresividad en su denuncia al presumir que la marginalidad de estos seres es tal que hasta la Virgen y Dios necesitan de esa ayuda para comprender sus dolores. La marginalidad de esta gente sería total y aquello de "los desterrados hijos de Eva" dejaría de entenderse en el nivel metafórico concretizándose con toda su violencia en el plano de la realidad.
Este poemario de Caicheo no es un libro de poesía religiosa a la manera tradicional --que no encontramos a la hablante sufriente, sumisa y aceptadora del dolor--; tampoco es puramente religiosa la anécdota de los poemas. O tal vez sí sea puramente religiosa, totalmente religiosa, y ahí esté la originalidad del libro porque lo religioso --para la autora y para los poemas-- no es sólo aquello conectado directamente a la iglesia, a los sacramentos y a los ritos, sino que lo religioso (y hasta lo místico) está presente en todo lo que existe, desde la misma idea de Dios hasta el ser más abandonado y pecador, que todo es creación Suya. Así, no es casual que en el primer poema, "Entresueño" (7), igual que en los restantes, no percibamos el tono ni la forma característicos de las oraciones canónicas, aunque poco a poco vayamos descubriendo que el libro es una ininterrumpida letanía de dolores.
No es la relación mujer-Dios ni devota-Virgen María, la que nos ofrece "Entresueño" sino la relación mujer-hombre, amada-amado o, para mayor precisión, desamada-amado-no-merecedor-del-amor. "Tiró mi nombre bajo la puerta/ Dijo agua y se lavó las manos." El amado no es Dios sino un hombre señalado por su indiferencia y hasta por la traición. Como Poncio Pilatos, "Dijo agua y se lavó las manos." Todo --es decir, la vida-- parece ocurrir entresueño; ni la presencia de Dios o los demás seres celestiales es más real; "Ángeles de guarda caminan dormidos/ debajo de la lluvia/ A punto de enfermar." (7)
El mundo que se nos pinta en los poemas no está para celebraciones, "Subió el azúcar el pan la yerbamate" (9), "Con el agua hasta el miedo/ Se levanta" (11), "Y tú y yo/ tan sin encuentros" (13), "Hemos bebido natri[2]" (15), "Este día se llama eclipse" (27), "Mañana es un frío que se cuela/ hasta azular los huesos" (43). Vemos que no es nueva ni pasajera la infausta condición de estos seres. Ellas (que son mujeres las que predominan en los textos), principalmente, son los desterrados hijos de Eva, las desterradas, las condenadas a la miseria, al dolor, a la ingratitud y al abandono. Y para la poeta no es condición nueva ésta, es una situación sin vuelta, permanente y reiterativa como la letanía. De allí el uso de los tiempos pasados, ya en situaciones puntuales ("Tiró mi nombre") ya en otras repetidas ("Hemos bebido natri"); del presente ("Este día se llama eclipse", "el miedo se levanta"); pero el dolor golpea más duramente cuando al futuro tampoco se le ve trazas de cambiar ("Mañana es un frío que se cuela/ hasta azular los huesos"). Hasta los dolores (fríos) de mañana (el futuro) llegan a sumarse a los del presente, en el presente.
Pero no se crea que la voz lírica de Salve Dolorosa se queda en el lamento o la aceptación sumisa de todos los dolores. En la sección titulada "Romanceras", de la tercera parte del volumen, esta desterrada hija de Eva levanta su voz denunciando una importante causa de sus dolores, uno que nada tiene que ver con el amado, ni el destino, ni el castigo de Dios.

Los cipresales los talan con motosierra
Y en los mares se multiplican las balsas
Nadie debe tirar sus redes. Nadie su anzuelo

Prohibido cruzar las aguas

El progreso llegó a la isla. El progreso

¿Por qué estaremos, cada día, más tristes? (73)

En una entrevista que le hice en 1992, Sonia Caicheo expresó: "[Mi poesía] intenta rescatar y recrear los seres y el entorno, toda esa nebulosa y magia que envuelve el archipiélago; intertextualizar decires, cantos, versos de la tradición, siempre con un ritmo como la lluvia en las tejuelas de alerce o el viento remeciendo cipresales, condoliéndose con la tala indiscriminada o la extinción de la fauna, o los fríos que cuelan los huesos y los sueños." Tal como afirma en la entrevista recién citada, la vemos en el poema "condoliéndose con la tala indiscriminada o la extinción de la fauna", pero no levanta la voz sólo por afán ecologista (ni mucho menos porque alguna moda lo aconseje) sino que lo hace, principalmente, como denuncia consciente a la invasión del archipiélago por los nuevos colonizadores que han llegado a arrasar con las riquezas naturales, rompiendo el equilibrio ecológico, las formas tradicionales de vida y la libertad del isleño para hacer uso de sus costas y sus mares. Es un grito de denuncia y defensa contra esas formas descaradas de agresión e intromisión que han dado en llamarse "progreso", cuya ferocidad queda tan bien retratada en los verbos antitéticos del poema (talar y multiplicar) que hacen del uno efecto del otro, es decir, que en la misma proporción que el bosque se tala (destrucción, muerte y pobreza para los isleños) se multiplican las balsas (los centros de producción de riqueza para los recién llegados invasores). El progreso es negación al ser comunitario, al hecho de servir y compartir lo que la naturaleza da ("Nadie debe tirar sus redes. Nadie su anzuelo"), prohibición a hacer uso de lo que siempre les ha sido propio, inmovilidad y marginación para el isleño ("Prohibido cruzar las aguas").
El libro aquí nos transporta a un nuevo nivel de comprensión donde la súplica o el relato de los pesares a Nuestra Madre se vuelve denuncia, poniéndola a Ella en una posición de Juez. El dolor --según el libro-- siempre ha estado allí y no es posible liberarse de él (somos los expulsados del paraíso, según el cristianismo). Eso no tiene remedio, al menos, en esta vida. Pero, a ese dolor que acarreamos por el pecado original, se ha venido a sumar este otro que el poema llama peyorativamente "el progreso."[3]
Sin embargo, el dolor humano, sean cuales fueren sus causas, no impide la existencia de la hermosura "en este valle de lágrimas". Al menos, eso es lo que afirma el poema "Siempre hermosa" (81) según el cual la belleza alcanza para todas en el entramado de mujeres tomadas de la realidad (ya generalizadas, ya con nombre y apellido), de la literatura, del corrillo o de la mitología, "La que madruga sonriendo con sus lunas de insomnio/ La otra, del poema/ La pura y casta de los cuentos/ La viuda de Santos Díaz/ La emergente del pozo y ni una marca/ La maga de Cortázar/ La Voladora. La Fiura. La Pincoya / La Rosario Gallardo," hasta la inclusión de la destinataria (es decir, la Virgen) y la mujer que profiere el discurso (la poeta), nombradas simplemente como "Tú y yo" en el verso final de la primera parte del poema,
No obstante, este poema que cierra la tercera parte del volumen no termina sin antes poner las cosas en su lugar, mencionando (ahora en prosa) todo eso a pesar de lo cual sigue manteniéndose la hermosura, y datándolo como si se tratara de un testamento o algún documento judicial:
Las compresas de hielo en nuestros sueños. Los rituales del dolor, sin aspirinas ni analgésicos, ni valium diez siquiera que aliviane estas señales, mil novecientos noventa y nueve, en las puertas del siglo venidero, Amén.
La última parte del poemario ("Ea! Pues Señora, Abogada Nuestra") viene a darle el tono definitivo a todo el conjunto no por romper con el sentido ni la propuesta de lo anterior sino porque lo amplía, lo hace más humanamente doloroso y filial, y más femeninamente contemporáneo al exigirle apasionadamente a la Virgen Madre (así como Gabriela Mistral a su Hijo en "Ruego" y "Los sonetos de la muerte") que abogue por sus hermanas caídas. En esta sección ya no aparece la madre y esposa sufriente, ni la que ha perdido al hijo, ni la maltratada en el hogar. Poemas como "Ese nombre", "Farolito azul", "La rubia Mireya" y "En el puerto" retratan a aquéllas en las cuales "hirvió la malasuerte" (85), a la de "boca roja y tacos altos" (87), a la rubia Mireya (igual que la del tango) "falda abierta hacia la lluvia/ casi tango el taconeo" (89) hacia la muerte, a Marlene que en el puerto "Gira y gira. Ríe, Aúlla/ (Niebla oeste cruza un barco)/ Valium Cinco" (91)
Entonces, cómo no va a ser acertado cerrar la última sección de poemas y el libro con el poema "Abogada Nuestra" que empieza repitiendo (como implorando) parte de la oración que da título al libro: "¡Ea pues Señora! Abogada nuestra/ Vuelve a nosotros esos tus ojos", vuelve a NOSOTROS esos tus ojos, vuélvelos a TODOS NOSOTROS pero como, según dicen, los últimos serán los primeros ¡comienza por volver tus ojos a éstas que recién te acabo de presentar!

3. La Santa / Las Santas

El último poemario de Rosabetty Muñoz, La Santa. Historia de su Elevación, nos ha llegado en un volumen bellamente impreso, con una cubierta morada en la que destacan dos reproducciones (una en blanco y negro, la otra en colores); la primera, del rostro; la segunda, una parte del vestido y la mano derecha de una 'santa' de madera policromada[4] de esas que todavía es posible ver en algunas iglesias rurales de Chiloé.
El volumen está conformado por 46 poemas breves separados en cuatro secciones, de las cuales, las tres primeras tienen una extensión bastante regular (14, 15 y 12 poemas respectivamente), mientras que la sección final cuenta sólo con 4 textos. Las secciones se denominan: "Primera Estación", "Segunda Estación", "Tercera Estación" y "Finales".
A la primera mirada, este libro con título de connotación definitivamente religiosa nos ofrece un segundo detalle que enfatiza tal carácter: el sustantivo estación[5], repetido en el título de las tres primeras secciones. Como señala RAE, en su cuarta acepción, esta palabra significa 'visita a las iglesias o los altares deteniéndose a orar delante del Santísimo Sacramento' (oración/plegaria/súplica/diálogo con el Ser Supremo), a lo que agrega 'principalmente en los días Jueves y Viernes Santo'. Así, la palabra estación no sólo hace del poemario un diálogo con Dios (más bien, una exhortación a Dios), sino que además, su conexión con los días más intensamente tristes del calendario cristiano (Delación, Enjuiciamiento, Crucifixión y Muerte de Jesucristo) nos predispone a los dolores y la angustia que encontraremos más adelante. La quinta acepción, por otra parte, 'cierto número de padrenuestros y avemarías que se rezan', ilumina el sentido penitencial del libro, evidenciado en su secuencia oracional/litúrgica (Primera, Segunda y Tercera Estación) y en la vasta descripción de los dolores y angustias de la protagonista, repitiéndose como una letanía, a través de todo el corpus.
La "Primera Estación" se abre bruscamente con un epígrafe que en nada se conecta con santas, vírgenes ni otros seres del mundo celestial. El lenguaje no es tampoco culto ni sacro. Contradiciendo las expectativas del lector, el tal epígrafe no nos remite a la Biblia ni a ninguna hagiografía sino que, por el contrario, es una cita --probablemente textual-- de una frase oída por la poeta o leída en alguna de esas crónicas rojas que abundan en los diarios para ocupar el espacio que de otro modo quedaría en blanco. Evidentemente no se trata de una frase dicha por ninguna de esas santas milagrosas y beatificadas a las que los creyentes veneran y suplican con fervor, sino por una mujer común y corriente, o nada de común y corriente, a no ser que se entienda como hecho corriente en nuestra sociedad la figura de la mujer abusada, recibiendo golpizas del esposo o conviviente como si ése fuera el pan suyo de cada día.
"La preferencia d'él era pegarme/ pa' las Pascuas y los dieciochos," reza el epígrafe. Con esta frase la poeta revela su interés de concretar las circunstancias de los hechos que sirven de tema a todo el poemario. La frase citada atribuye a la mujer que la profiere inmediata y definida nacionalidad --lo que no resta nada a la universalidad del tema y de la mujer retratada en esa frase--, al mismo tiempo que la ubica señaladamente en el grupo social de las más desposeídas.
Digo que le señala nacionalidad porque esas Pascuas y dieciochos aluden a dos de las más importantes festividades chilenas. Estas Pascuas no nos remiten a la Pascua de Resurrección o Domingo de Gloria (fecha en que culmina la Semana Santa con la alegría de la Resurrección, el comienzo de una nueva vida y el triunfo sobre la muerte) sino a la Navidad, que así es como se la nombra en Chile. El dieciocho es, claro, el dieciocho de septiembre, día de la independencia nacional, cuando las calles del país se llenan de banderas y de la alegría primaveral que comienza a llegar. Cita textual o simple fruto de la agudeza poética de Muñoz, la terrible denuncia que encierra la frase no nos golpearía con la misma intensidad si no fuera por la conexión entre el castigo sufrido y las fechas en que acostumbraba a producirse. La antítesis entre la fecha de fiesta y alegría y el castigo traumático monumentaliza el horror y el dolor de la víctima. Aquí mismo comienza a pintarse con vivos trazos la idea de santidad que irá creciendo y afirmándose en el resto del libro.
Su condición social es patente por el idiolecto utilizado en el epígrafe: "La preferencia d'él era pegarme pa' las Pascuas", y así se confirmará en los poemas que siguen, como también la pertenencia a una zona específica del país, el archipiélago de Chiloé, como queda claro en la mención del toponímico Caucahué (41) y de "las murras" (99), expresión con la que se nombra a la planta y el fruto de la zarzamora en esa zona
La poeta, como ya habremos observado, no hace ninguna complacencia a ningún tipo de romanticismo como tampoco muestra ninguna intención de idealizar el mundo que retrata. La poesía de Muñoz nos tiene acostumbrados a su opción por la verdad --por el tratamiento de temas de la realidad en sus libros más que a la pura proyección de una subjetividad frente a situaciones intuidas o imaginadas-- al desmenuzamiento de ciertas zonas de la realidad para que sobre ellas se haga la luz.
Desde "Primera Estación" se hace evidente para el lector la medida proporción que hay entre espontaneidad y elaboración en todo el poemario. Admitamos que la frase del epígrafe haya funcionado como el motor que generó la escritura de los poemas. Sin embargo, a ese chispazo instantáneo de la idea iluminando la conciencia de la poeta sigue inmediatamente el proceso de elaboración artística que en esta sección es un verdadero trabajo de joyería, a pesar de la aparente sencillez con la que nos engaña el uso de un lenguaje sencillo que, como es sabido, no está ausente de artificio ni de hondura.
La sección está constituida por 14 poemas de breve factura. El más extenso, de 14 versos (Los vi a través de las mantas, 25) y el más breve, de sólo 3 (La culpa, 27), son los poemas décimo y undécimo del libro.
Como en todo el volumen, en la primera sección hay poemas en los cuales la subjetividad del personaje (la mujer) fluye por el cauce directo de la primera persona, mientras que en otros la poeta opta por la forma de la enunciación, mediante el uso de la tercera persona. Esta urdimbre, claro, no tendría nada de original ni novedoso, puesto que es usual en mucho libros poesía encontrarnos con ambas formas y hasta con algunas más. Sin embargo, en el libro que estudiamos aquí, la organización interna de los poemas en primera y en tercera persona ha sido hábilmente tramada de acuerdo a un muy estudiado plan o, al menos, eso es lo que parece.

Veamos el siguiente gráfico:

Poemas en tercera persona: 1 - 2 - - 4 - 5 - - 7 - 8 - - 13 - 14 -
Poemas en primera persona: - 3 - - 6 - - 9 - 10 - 11 - 12 -

El gráfico nos aclara la urdimbre paralelística de la primera sección, el diálogo que se da entre los poemas en tercera persona y los en primera persona. En los primeros ocho poemas (que para efecto de explicación del sistema consideraremos la primera parte de la sección) hay seis poemas en tercera persona y sólo dos en primera persona, diestramente intercalados (dos-uno-dos-uno-dos). En la segunda parte de la sección, poemas 9 al 14, se da el movimiento opuesto, hay sólo dos poemas en tercera persona y cuatro poemas en primera. Además debemos notar que la sección se inicia y se cierra en la voz de la tercera persona. Veamos ahora cuál es la función que cumple esta especial disposición de los poemas en el libro.
En la primera parte de la sección, los poemas en tercera persona tienen como objetivo especial retratar, desde la distancia y con la objetividad que permite el uso de la forma enunciativa, la figura femenina que será protagonista, tema y voz de todo el poemario. La forma enunciativa es el vehículo apropiado para pintar la miserable condición de la mujer y describir su entorno y las causas de su tragedia, es decir, una presentación escalonada de la misma ("La santa orillada y lacrimosa/ en un rincón de la mediagua" (1)[6], "La santa ardió por los costados" (2), La santa contrae las carnes (4), La santa arrojaba papeles por la ventana/ Inmundicias" (5), Acomete/ Húmeda en ojos y manos" (7)", Esto es un castigo de Dios --le susurra a los niños" (8). De esta forma, el lector se entera de la horrible situación sobre la que la poeta (y el lector con ella) ha volcado su atención y su rabia. Al mismo tiempo la idea de esta inédita forma de santidad o santificación (más bien sufrida, que ganada, en el diario martirio) va cimentándose poema a poema a través de la reiteración de la voz "santa" como el sujeto del enunciado. Igualmente, la tercera persona va develando verso a verso las causales de santidad de este ser sufriente y marginal pero en ningún caso santo de acuerdo a los valores tradicionales.
Así va despejándose la idea de que es precisamente su condición marginal y sufriente (el aislamiento, la falta de apoyo y la incomprensión de la sociedad, serían los verdaderos culpables de su desgracia) la que empieza a cubrir con un especial velo de santidad a esta mujer "orillada y lacrimosa" que vive y sufre "en un rincón de la mediagua./ Enloquecida por el olor penetrante/ de la miseria" (7); a esta santa ardida ya no por el amor a Dios ni "por el fuego del infierno" sino por "el cigarro de un cliente/ en la mesa de noche." (9). "Ella misma…/ desorbitada/ insuperable en la desgracia." (13)
Los dos escasos poemas que, en la primera sub-sección, fluyen directamente de la primera persona dan luz a otros elementos que acentúan los amargos trazos de la tragedia: su condición de madre o, para mayor precisión, la espantosa miseria en que vivían sus hijos, como también la conciencia de ese hecho ominoso y gratuito que la transporta a un estado de locura ("Hace tiempo mis hijos/ sufrían de hambre./ Secos mis ojos/ mechones arranqué de sus cabezas" [3]).
Más grave y punzante se le vuelve el dolor al no poder apartar el pensamiento de sentirse criatura pecadora, aunque le sea bien claro que el pecado le llega desde afuera, de "las indecentes salpicaduras de sus faltas" que no son otras que las de la sociedad que no le ha dado cobija ni amparo.

Imperdonable lo sucia
que me han dejado
mascullaba
Indecentes las salpicaduras de sus faltas
Cómo me presentaré ahora.
Mi pureza en tela de juicio. (6)

El verso final del poema en boca de la mujer la vuelve un personaje tan desdichado como aquellos de la tragedia antigua, porque ese dios indiferente que es la sociedad no ha vuelto sus ojos hacia ella. El sentido del verso "Mi pureza en tela de juicio" se desborda por todos lados, ahogando por igual el dolor físico y la angustia de vivir, la vergüenza a mostrarse ante esa sociedad que la niega y la vergüenza del alma manchada que no pasará inadvertida a los ojos de Dios. Como vemos, el elemento místico no es ajeno a este libro de tema tan tremenda y brutalmente terreno.
En la segunda subsección, es la primera persona la que sostiene primordialmente la palabra. No se necesita más presentación, la poeta ya ha puesto todas las cartas sobre la mesa, de modo que será la mujer/hablante/personaje quien por sí misma, desde lo más íntimo y profundo de su dolor que es también ira y odio, irá entregando su confesión que es terrible denuncia, puesto que, aunque de gravedad extrema, su caso no es ni único ni aislado. "Soy una más de las que arrean/ entorpecida por la ceguera de odiar" (9), es lo que dice. "Una más" de la manada de bestias (o sea, de seres bestializados por otros), según subraya el uso del verbo arrear, su sufrimiento sólose compara al de las bestias llevadas al sacrificio.
La confesión que es penitencia a la vez que herramienta de purificación, la azota y nos hiere con la vehemencia del cilicio: "Vi a los niños acostados en sus camas/ …/ pero no eran ellos" (10), "La culpa. La culpa./ Nos enseñan a hervir en su caldo" (11), "Que la ira se derrame/ …/ Para que no sedimente en mí/ La Podredumbre." El texto poético en su conjunto golpea sin pausa al lector encaminándolo a los poemas en tercera persona que cierran la subsección, el primero de los cuales arroja al rostro (y a la conciencia sensibilizada) del lector toda la violencia de la humanidad que aquí se pinta, como en un grotesco fragmento de relato o pintura naturalista, no obstante La Santa es un texto eminentemente poético y es precisamente, con la fuerza de su lirismo y de su denuncia con la que nos azota.

Reunió a sus hijos
con enorme dulzura.
Entre todos amarraron la cuerda
alrededor de la viga
y acomodaron el cuello paterno. (13)

La poeta de forma concentrada nos presenta un mundo horriblemente cruel y violento que --como deja claro-- no es sólo este trocito de texto.
A la espera quedan las tres secciones siguientes que seguramente habrán de ser objeto de un estudio mayor.

A manera de conclusión, por ahora

En el estudio parcial de los dos poemarios más recientes de Sonia Caicheo y Rosabetty Muñoz nos encontramos, ya sin sorpresa, ante dos voces maduras que por distintas vías y mediante lenguajes distintos han avanzado con andar seguro hacia el acendramiento de una poesía de voz propia, inconfundible, en la poesía chilena de estos días. El presente ensayo, sin profundizar en todos los aspectos de ambos libros, ni siquiera en la explicación de la totalidad de los poemas, creo que demuestra con claridad que Salve Dolorosa y La Santa no son libros armados ni organizados al azar, por la conexión temática o por simple fecha de escritura. Es evidente que en ambos volúmenes nada sobra, muy por el contrario, cada poema es una pieza engastada perfectamente en el conjunto. No es éste tampoco (particularmente el caso de La Santa) el tipo de poemario que puede leerse parcialmente, tomando los poemas por separado o apartándolos del contexto general. Cada poema es parte del todo y es precisamente como parte del conjunto donde halla su sentido completo.
Ambos libros pintan, denuncian y se conduelen por la miseria de una sociedad que cada día se vuelve más individualista e injusta, una sociedad que no quiere admitir cuál es su verdadero rostro aunque a cada día y en cada sitio "los desterrados hijos de Eva" estén condenados a verla y sufrirla. Velos, atuendos, abalorios de los que por el estropicio de los años y la indiferencia sólo queda la pura, desnuda y triste realidad. Madera podrida, interiores de alambre y jirones de vestiduras a la espera de los restauradores que, en este caso, vengan a poner un poco de verdad sobre esta gran mentira. La realidad con toda su violencia y sin concesiones de ningún tipo en la poesía de estas dos mujeres, en esta larga oración iniciada en sus primeros poemas extendiéndose libro tras libro mientras siga existiendo la palabra.
Bien dice Clemente Riedemann en la contraportada de La Santa en cuanto a la madurez, profundidad, singularidad y violencia de la poesía de Muñoz: "Aquí está la poeta Rosabetty Muñoz, una que sabe escribir desde el margen, para contar la firme sobre el descalabro que corroe por dentro la santería recuperada para el ojos del transeúnte pálido por el humo y la neblina." Me parece que mucho de lo dicho por Riedemann también vale para el último poemario de Caicheo por el que ronda el mismo mundo, los mismos dolores y los mismos fantasmas, aunque el entramado y los matices del libro encuentren por otros flancos su singularidad.

Carlos Trujillo Ampuero
Villanova University






BIBLIOGRAFÍA

Caicheo, Sonia. 1999, Salve Dolorosa. Valdivia: Ediciones La Minga.
Cárdenas, Renato. 1994. Diccionario de la Lengua y de la Cultura de Chiloé. Santiago: Olimpho.
Carrasco, Iván. 1996. "El invasor en Baile de Señoritas de Rosabetty Muñoz." En Actas IX Congreso Internacional de Estudios Literarios, Sochel. Valdivia: Universidad Austral de Chile, 52-55.
Mansilla, Sergio. 1991. El sol y los acorralados danzantes. Valdivia: Paginadura Ediciones.
Muñoz, Rosabetty. 1998. La Santa. Historia de su Elevación. Santiago: Lom Ediciones.
RAE. 1970. Diccionario de la Lengua Española. Madrid: Espasa-Calpe.
Riedemann, Clemente. 1998. Texto de la contraportada. La Santa. Historia de su Elevación. Santiago: Lom.
Trujillo, Carlos. 2000. Entrevista a Mario Contreras. (Inédita)
-----, 1992. "Diálogos con la poesía del sur: Entrevista a Sonia Caicheo. El Llanquihue, Puerto Montt.
-----, 1992. "Diálogos con la poesía del sur: Entrevista a Rosabetty Muñoz". El Llanquihue, Puerto Montt, 8 de agosto: A17 (primera parte); 15 de agosto: A20 (segunda parte); 22 de agosto: A18 (tercera parte).
-----, 1998. " Rosabetty Muñoz: La poesía, la identidad sureña y el milagro de vivir". Entrevista inédita (realizada en Havertown, Pensilvania).
-----, 2000. Entrevista a Rosabetty Muñoz (especial para el libro en preparación Ocho Poetas del Contragolpe).

[1] Verso de "Mujeres desmenuzando el sol", poema en prosa de Sergio Mansilla.
[2] Natre: m.bot. (Solanum gayanum) Solanácea cuya corteza y tronco es usado, en infusión, para bajar la fiebre. Las hojas, además, tienen virtudes purgativas, sudoríficas y eméticas [vomitivas] y aplicadas en emplastos sobre tumores acelera su desarrollo. //2. El símil "amargo/ malo como natre"pondera lo amargo y lo malo o de mala calidad, respectivamente. //3. Adj.fig. Se dice de lo que repele por algún defecto, como la fealdad, actitud o torpeza, etc. (Cárdenas, 155)
[3] Véase mi artículo "Perspectivismo, ensueño y denuncia: Entre ayes y pájaros de Mario Contreras Vega", en Textos. Creación y Crítica, Vol.5, No 1, University of South Carolina, 1997, pp. 38-43.
[4] "Las fotografías de portada son de Mariana Matthews, escaneadas y pintadas a mano entre Ricardo Mendoza y ella. Además, el color de portada que eligió Silvia Aguilera (de LOM) es el mismo que usa el Santo Nazareno de Caguach en su vestimenta, lo que para mí es altamente significativo. Se lo comenté a Silvia y ella me dijo que fue puro azar." (Entrevista. 2000)
[5] estación. (Del lat. statio, -õnis.) f. 4. Visita que se hace por devoción a las iglesias o altares, deteniéndose allí algún tiempo a orar delante del Santísimo Sacramento, principalmente en los días Jueves y Viernes Santo. 5. Cierto número de padrenuestros y avemarías que se rezan visitando al Santísimo Sacramento. (RAE. 1970)
[6] La numeración en este párrafo corresponde al orden de los poemas (igual que en el gráfico), no al número de página.