martes, 6 de marzo de 2007

POESÍA EN LOS TIEMPOS MALOS

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Talleres de Poesía en Chile entre 1974 y 1979

Se puede afirmar que si hubo en la literatura chilena una institución importante, vital, y extendida por todo el país durante la dictadura, ésa fue la de los talleres literarios. Imaginamos que para los especialistas en la poesía chilena de ese período ésta es una verdad innegable. Sin embargo, hasta hoy, poco o nada se ha escrito sobre los talleres que surgieron en Chile durante ese período, y menos aún sobre el enorme rol que jugaron en esos años de extrema dificultad para los creadores y la creación literaria[1].
La institución de este tipo de talleres no es nueva en nuestra historia literaria. Bastaría recordar la labor formadora de los organizados por Gonzalo Rojas en la Universidad de Concepción a fines de los cincuenta[2], o la de otros grupos que, sin ser talleres propiamente tales, cumplieron un rol de gran importancia para el desarrollo de la poesía en varias zonas del país. Esos grupos ofrecieron a los nuevos poetas espacios públicos nuevos, y extendieron, al mismo tiempo, el mapa de la poesía chilena más allá de los límites del reducido corral santiaguino. Pensamos en los ya míticos grupos Tebaida, de Arica; Arúspice, de Concepción, y Trilce, de Valdivia, que cumplieron una labor fundacional creando espacios y dándole un nuevo aire a la poesía nacional. Esos grupos surgieron y desarrollaron su actividad en ciudades universitarias, amparados por dichas instituciones y, a menudo, subvencionados por ellas[3].
Pero, ¿qué pasó con esos grupos y otros similares a partir del 11 de septiembre de 1973 cuando toda la institucionalidad chilena se hizo pedazos? En rigor, tras esa fecha, y por un buen tiempo, no se dieron las condiciones para la existencia de grupos, talleres, ni nada que oliera a organización artística o cultural. Se acabó el apoyo de las universidades y, junto a eso, el espacio para reunirse. En medio de esa situación signada por la inseguridad poco se sabía del paradero de los poetas, escritores y artistas en general, y hasta era mejor así, por razones de seguridad.
Ciertamente, los meses y años posteriores al golpe no fueron los más apropiados para dedicarse a escribir poemas ni organizar reuniones literarias. No caeremos en la inocente afirmación de que en ese tiempo no se escribió literatura. No nos cabe duda de que se escribió muchísimo, pero, en ese tiempo, la escritura se volvió un oficio secreto, creado a escondidas, en el cuarto, en la mesa de la cocina, entre las paredes de una celda o en un trozo de papel conseguido y oculto entre las ropas en una cárcel o un campo de detención[4]. Se escribía, pero se escribía para uno mismo. Se escribía para denunciar calladamente, paradentro. Se escribía para gritar o lamentar, y también para liberarse de los demonios internos y externos. Pero las urgencias del poeta eran otras y eran urgentes de verdad.
En medio de ese estado de cosas, que pronto ganaría el nombre de apagón cultural, un año o año y medio después del golpe de estado empezaron a aparecer tímidamente los primeros talleres literarios y agrupaciones de escritores jóvenes, fenómeno que en la década de 1980 se extendería por todo el país.

Razones de los los talleres literarios durante la dictadura

El desarrollo de los talleres literarios a mediados de los setenta se debió básicamente a la necesidad de los escritores más jóvenes de encontrarse y conocerse. Existían la necesidad y el deseo de reunirse en torno a ese interés común, pero la inseguridad y el temor a la represión no hacía seguro ni conveniente juntarse con desconocidos, pues podría ocurrir que tras la fachada de joven intelectual hubiera un informante o soplón de la dictadura. Así las cosas, por un lado, la dictadura prohibía el derecho a reunión y, por otro, lo dificultaba el temor de ser acusado a la autoridad militar por subversivo.
No debe olvidarse que la junta militar quemó y destruyó millares de libros y discos, y estableció el temor a todo lo que sonara discrepante a las ideas del gobierno. El país se vio inmerso en una persecución horrible, se elaboró una extensa lista de libros prohibidos, se sacó a numerosos autores de los programas de educación, las bibliotecas de los colegios fueron asoladas y hasta se borró de los diccionarios un buen número de términos. La palabra “político” se volvió ofensiva y peligrosa.
Bajo ese clima de inseguridad, frustración, y orfandad cultural e informativa, recién en 1974 surgió la primera agrupación literaria, a la que seguirían otras el año siguiente. Dichas agrupaciones nacieron amparadas o, al menos, ligadas nominalmente a instituciones culturales, educacionales, sindicales, de derechos humanos, o de iglesia. Del 1975, sólo sabemos de otros dos talleres. Sin embargo, en 1976 ya existía un buen número de grupos de escritores jóvenes en provincia y en la capital[5].

Los primeros talleres

No se sabe con exactitud la fecha de inicio del primer taller literario o de la primera agrupación de escritores jóvenes después del golpe militar debido a las condiciones de ese tiempo[6]. Los talleres que hayan existido --si es que los hubo en el periodo inmediato al golpe de estado-- por el solo hecho de estar relacionados con la literatura y el desarrollo del pensamiento libre, no habrían tenido ninguna posibilidad ser aceptados por el régimen militar. De modo que no era posible, apropiado, ni urgente para nadie dar cuenta de esas actividades a través de la prensa. Cualquier actividad cultural realizada al margen del oficialismo era entendida como fachada de una organización política por la dictadura. Por lo tanto, no era prudente hacerlas públicas.
El primer taller literario del que tenemos antecedentes comenzó a funcionar en 1974. Se trata del Taller Literario de la Biblioteca Municipal de Temuco, dirigido por Víctor Molina Neira. No hemos encontrado ninguna publicación de ellos de 1974 ni 1975. Hemos tomado el dato de la presentación del cuadernillo Los pasajeros de lo que nunca hemos dicho de José María Memet. Fue publicado en octubre de 1976 y es el cuarto de la serie “Cuadernos de Poesía.” Parece que el seudónimo, José María Memet, ya adoptado entonces por el poeta sureño, era muy reciente, puesto que ni el maestro ni el poeta mismo se acostumbraban a él. En la presentación de Víctor Molina Neira, leemos: “Hay una trayectoria de permanente superación en la poesía de Pedro Segundo Ortiz (José María Memet).” Y a renglón seguido, aparece el dato que nos importa: “Hemos podido seguir esta trayectoria casi paso a paso desde que el poeta se incorporó al Taller Literario de la Biblioteca Municipal, en 1974.” Por ahora, basta ese dato para considerarlo el primer taller literario surgido en Chile durante la dictadura. Igual de importante, y casi increíble a la luz de la historia, es que este taller haya encontrado amparo en una institución oficial, la Biblioteca Municipal de Temuco.
Del año 1975 sabemos de otros dos talleres que, además de dedicarse a su quehacer interno, sirvieron de motivación a muchos otros jóvenes a través de sus publicaciones y/o certámenes literarios abiertos a todo participante. Se trata del Taller Literario Aumen de Castro[7] y el Taller de Letras Ariel, de Santiago.

Breve nota sobre los tres primeros talleres

Podría pensarse que la importancia del Taller de la Biblioteca Municipal de Temuco, así como la de Aumen de Castro, y Ariel de Santiago es sólo la de dato de historia literaria, es decir, el de iniciadores de una actividad literaria y cultural que, más adelante, se desarrollaría con una enorme vitalidad en todo el país. Para evitar confusiones e indiferencias, es bueno precisar que su importancia supera largamente la frialdad del dato histórico. Para probarlo, intentaremos un breve listado de las actividades de esos tres talleres, así como de sus publicaciones y de los jóvenes que empezaron en ellos su trabajo creativo.

a. Taller Literario de la Biblioteca Municipal de Temuco

En primer lugar, el Taller Literario de la Biblioteca Municipal de Temuco ofreció a los poetas un espacio tradicional y de gran prestigio que, por un lado, les daba cierta seguridad y, por otro, aportaba el papel, la tinta y el mimeógrafo para sus publicaciones.
En segundo lugar, la imagen pública del taller - su director, Víctor Molina Neira - era una figura muy respetada en el medio intelectual y artístico temuquense, en su doble condición de poeta y profesor de filosofía de la sede local de la Universidad de Chile.[8] No nos cabe duda que participar el grupo de Molina Neira en la Biblioteca Municipal les daba a esos poetas una seguridad que no habrían tenido en otra parte.
En tercer lugar, en los primeros años del taller participaron, entre otros, los jóvenes poetas Gustavo Adolfo Becerra, Farid Hidd, José María Memet y Nelson Vásquez[9]. Los cuatro, en 1977 ya se proyectaban entre los más importantes poetas jóvenes del país[10]. En agosto de ese año la Universidad Austral de Chile (Valdivia) organizó el Primer Encuentro de Poesía Joven de la Zona Sur. Un jurado seleccionó a diez poetas residentes entre Concepción y Chiloé, entre los que quedaron Becerra, Hidd, Memet y Vásquez. Como resultado de ese encuentro se publicó un volumen titulado Poesía Joven del Sur de Chile, que ofrece una buena muestra de la creación poética de esos años y de esa generación.
En cuarto lugar, el taller mantuvo una serie de publicaciones, precarias en calidad de papel e impresión pero hermosas muestras de la vitalidad del quehacer poético de esos años en el sur de Chile. Eran ediciones pequeñas en papel roneo, mimeografiadas y grapadas, por lo que hoy es casi imposible conseguirlas o hacer un registro completo de ellas. Afortunadamente, contamos con tres de esos cuadernillos: José María Memet, Los pasajeros de lo que nunca hemos dicho, Cuadernos de Poesía de la Biblioteca Municipal de Temuco, N° 4, octubre de 1976 (en cuya dedicatoria, el autor todavía firma "Pedro"). Gustavo Adolfo Becerra, Expedición al corazón del hombre, Cuadernos de Poesía de la Biblioteca Municipal de Temuco, N° 5, junio de 1977. Y, Farid Hidd, Los rostros del silencio, Cuadernos de Poesía de la Biblioteca Municipal de Temuco, N° 8, junio de 1978.
Memet, por otro lado, fue uno de los primeros poetas jóvenes cuya obra alcanzó cierta resonancia y algún reconocimiento de la crítica nacional a fines de los setenta. Esto, dicho sea de paso, luego de trasladarse a Santiago, donde algunos poetas y académicos se interesan en su creación,[11] al mismo tiempo que lo estimulan y lo promueven. La altura alcanzada por Memet en el alicaído medio literario de ese momento, se debió principalmente a la publicación de Bajo amenaza, en agosto de 1979, precedido por un elogioso prólogo de Hugo Montes,[12] editado por la Editorial Aconcagua en su Colección Mistral. Un libro con todas las de la ley, publicado por una editorial prestigiosa y en una tirada de 1500 ejemplares. Algo bastante inusual en ese tiempo.

b. Taller Literario "Aumen" de Castro

El Taller Literario "Aumen" de Castro inició un trabajo inédito en la provincia de Chiloé. Tal vez por esa razón, se ganó casi inmediatamente el interés y la atención de los estudiantes secundarios de la zona y, en breve plazo, de toda la comunidad. Sus directores, Renato Cárdenas y Carlos Trujillo, eran profesores recién egresados y sin publicaciones, de modo que, aparte de su experiencia y su mayor contacto con los libros no había ninguna brecha entre ellos y los talleristas.
En segundo lugar, las reuniones de cada lunes y jueves, así como las presentaciones públicas y demás actividades se realizaban en el Liceo Coeducacional, de modo que --en un principio-- la comunidad veía ese trabajo como una simple actividad extraescolar. El uso de ese espacio público daba a los participantes una seguridad que no hallarían en otro lugar, al mismo tiempo que les permitía reunirse sin solicitar permiso a la autoridad. En los dos primeros años, el liceo también les facilitó papel, tinta y mimeógrafo para sus publicaciones.
En tercer lugar, sin perder su condición de formador de nuevos poetas, Aumen fue transformándose en un centro generador de actividades culturales y artísticas. Desde 1976, y por más de una década, fue el verdadero motor de la actividad artística y cultural alternativa en Castro y Chiloé. En ese periodo se realizaron recitales de poesía, de música folclórica, canto, teatro, títeres, cine, y charlas sobre arte, literatura, arquitectura, ecología y patrimonio cultural. En agosto de 1978, organizó el Primer Encuentro de Escritores en Chiloé[13] que se reunió aproximadamente a cincuenta participantes entre poetas, académicos y críticos literarios. Este evento consiguió estructurar una red comunicacional entre los poetas jóvenes del sur y sus pares de la capital.
En cuarto lugar, valga mencionar algunos poetas que se formaron en Aumen o que participaron en él durante un tiempo importante: Sonia Caicheo, Renato Cárdenas, Víctor Hugo Cárdenas, Mario Contreras, Óscar Galindo, Aristóteles España, Luis Mancilla, Sergio Mansilla, Jaime Márquez, Rosabetty Muñoz, José Teiguel, Nelson Torres, Carlos Alberto Trujillo, Jorge Velásquez y Héctor Véliz Pérez-Millán, entre muchos otros.
En quinto lugar, en sus primeros diez años, Aumen mantuvo una revista, pequeña y de escaso tiraje, en la que publicó a poetas del taller y de todo el país. Mención especial les corresponde a los diarios El Correo de Castro y La Cruz del Sur de Ancud, que desde el inicio del taller abrieron sus páginas a su poesía y sus informaciones[14].
Por último, fue importantísima la labor de Aumen como reproductor de la idea de los talleres en toda la Décima Región[15]. Como ejemplo de esto, hay que recordar que en Valdivia, tras la desaparición de Trilce, no existió otro grupo literario hasta la aparición de Índice[16], en 1980. Este grupo estuvo formado mayoritariamente por miembros del taller chilote que estudiaban en la Universidad Austral de Valdivia.[17] Igualmente, desde comienzos de los ochenta, poetas de Aumen, recién egresados de la universidad crearon talleres para los estudiantes de sus nuevos colegios.[18]

c. Taller de Letras "Ariel"

El Taller de Letras Ariel de Santiago, fue un tanto diferentes a los anteriores por el tipo de integrantes que tenía, por las inquietudes que los unían y por su forma de proyección a nivel nacional. Lo dirigía Luis Alejandro Iglesias, quien, con gran vitalidad y entusiasmo, por un buen número de años, mantuvo este grupo formado por adultos, poetas o en vías de serlo[19].
Dicha condición -grupo formado por personas adultas, con trabajo y sueldo- permitió la relativa continuidad de sus publicaciones. Publicaban las revistas Ariel y Voces, además de hojas literarias, en ediciones a mimeógrafo o fotocopiadas, que hoy son casi imposibles de leer por lo precario de las fotocopias de aquellos años.
Igual que en los otros talleres, en Ariel existía un gran espíritu solidario. Así fue como dieron espacio en sus publicaciones a poetas jóvenes de todo el país. Cuando vemos cómo se ha perdido ese espíritu solidario entre los poetas y creadores chilenos no puede negarse cuánto se echa de menos. En esos años, Ariel dedicó dos publicaciones completas a autores chilotes: un tríptico dedicado a Sergio Mansilla y la primera edición, mimeografiada, por cierto, de Canto de una oveja del rebaño, de Rosabetty Muñoz.
Sin embargo, una de las tareas de mayor proyección del grupo santiaguino fue su Certamen Nacional para Poetas Inéditos. La primera versión del certamen, que fue el primer certamen de ese tipo después del golpe de estado, se realizó a fines de 1975. Fue, precisamente, ese llamado a los nuevos creadores -dispersos y desconectados- inserto en algunos diarios de cobertura nacional el que lo convirtió en un punto de encuentro para los poetas de la generación más joven. Podría decirse que los concursos literarios, y más aún, concursos de poetas jóvenes premiando a otros poetas jóvenes, no tienen mayor importancia. Y hasta es posible que la afirmación sea correcta. Pero al considerar la situación de entonces -inactividad literaria y artística, censura, carencia de estímulos para los creadores, vacío total en el plano editorial- ese concurso fue motivación e imán para la generación de poetas que estaba emergiendo.
El certamen de Ariel no ofrecía mucho más que el honor de ganarlo. Si el ganador vivía en provincia tenía que pagarse los pasajes y gastos de estada en Santiago para darse el gusto de recibir el premio y conocer a otros poetas. Pero era un estímulo importante y así lo entendieron los poetas. En los primeros años fueron premiados Gustavo Adolfo Becerra, Mario Contreras Vega, Eduardo Llanos Melussa, José María Memet, Jorge Montealegre, Rosabetty Muñoz, Jorge Torres y Carlos Alberto Trujillo, entre otros. Todos nombres que en los años siguientes se ganaron un espacio en la poesía de su generación y más allá.
Lo anterior nos demuestra que aunque nos basáramos sólo en la importancia de su Certamen Nacional de Poetas Inéditos como descubridor y difusor de los nuevos poetas, el Taller de Letras Ariel se merece un importante lugar en la historia de la poesía chilena de esos años.

Otros talleres, publicaciones y actividades

Imaginamos que los talleres recién descritos no son todos los que existieron en esos años. Seguramente existieron otros de los que, hasta ahora, no hay noticia. Sin embargo, no es errado afirmar que si los recién presentados no son los tres primeros en surgir después del golpe de estado, deben ser parte de un número no mayor de cinco en todo el país a mediados de 1975.
Según nuestra información, 1976 fue el año de despegue de estos grupos. Ese año se habría fundado el Grupo Pala de Osorno, que muy pronto inició la publicación de la revista Más que el Silencio, que siguió apareciendo con cierta frecuencia durante algunos años[20]. Pala publicó también una serie de cuadernillos individuales de Gabriel Venegas, Raúl Césped y otros. Varios de sus miembros, entre ellos Gabriel Venegas, su director y profesor de la Universidad de Chile de Osorno, participaron en el primer Encuentro de Escritores de Chiloé, realizado en Castro en agosto de 1978.
El mismo año, Mario Contreras Vega, que ya había comenzado a gestionar con los directores de Aumen la posibilidad de extender la actividad de ese grupo a Ancud, organiza en esta ciudad el Grupo Chaicura, que funcionará en el museo, y contará con el apoyo de su director, el padre Audelio Bórquez Canobra.[21] Entre sus integrantes estaban Contreras, Roberto Barría (Esteban Barruel), Milagros Mimica, la estudiante liceana Rosa Betty Muñoz Serón, Julio César Ojeda, Amado Mansilla del Valle, Julio Norambuena, Clarisa Cárdenas y Elena Vera Guerrero. Este grupo realizó un concurso regional de cuento y poesía durante dos años consecutivos; publicó a los ganadores del primer concurso en un boletín titulado Reseñas; realizó una exposición de poesía ilustrada y publicó un número de la revista Andrómeda.[22] Muñoz y Contreras obtuvieron menciones honrosas en el Segundo Certamen de Poetas Inéditos del Taller Ariel, en 1976; el mismo año en que también fueron premiados los temuquenses Becerra y Memet. El Grupo Chaicura desapareció a fines de 1979[23].
También en 1976, se organiza en Santiago la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ) que, al año siguiente, publica la antología Poesía para el camino. Según Bianchi, esa agrupación tal vez “haya sido la que alcanzó más realce y mayor extensión en el país ya que contaba con filiales en algunas provincias, además de juntar a colectivos como los “Talleres Gráficos y Literarios del Mar”, “La Botica”, la “Agrupación Santa Marta” (Bianchi, definir cita). Esta organización que contó entre sus integrantes a Gregory Cohen, Bárbara Délano, Antonio Gil, Erick Polhammer, Jorge Ramírez, Armando Rubio y Ricardo Wilson, fue dirigida primeramente por este último y, más tarde, por un colectivo. En 1978, la UEJ organiza el Concurso Nacional de Poesía Joven “Residencia en la tierra” en tres categorías: laboral, estudiantil y profesional, cuyos primeros premios fueron para Raúl Fernando Reyes, Esteban Navarro y José María Memet, respectivamente[24]. Pese a su gran proyección y vitalidad la UEJ, se silencia definitivamente en 1980.
En la sureña Concepción, ciudad universitaria por excelencia, y dueña de una larga tradición literaria, aparece un tríptico de poesía titulado Envés, “que después de cinco números, año 76, desaparece del mapa de la poesía penquista. Pero dos de sus integrantes, Nicolás Miquea y Carlos Cociña, siguen ligados a ella. El año 79, el primero de ellos formará, junto a Osvaldo Caro, Carlos Decap y Tomás Harris, el grupo Punto Próximo (…). Al año siguiente, 80 de la centuria, Punto Próximo deja paso para que aparezca, por primera vez, después de Arúspice, una revista de poesía penquista: Postdata (El espíritu del Valle, N° 2-3, 1987, p.111)[25].” (Triviños, 64). Sin embargo, el artículo de Triviños, aunque extenso y bien informado, no explica si “Envés” fue también un taller o sólo una publicación independiente.
En 1977 surge en Santiago la Agrupación Cultural Universitaria (ACU) que intenta conectar el trabajo de los grupos que funcionaban en las diferentes escuelas y facultades universitarias[26]. Aunque, según Bianchi, “no siempre se trabaja[ba] unido y no siempre en proximidad de los centros de estudio. En Santiago, por ejemplo, aparecen los siete ‘Talleres Andamio’, que funcionan en poblaciones.” Más tarde se desarrollará también un importante trabajo de talleres literarios para presas políticas. Los talleres se extienden por todo el país uniéndose en ellos, aunque con variantes, el trabajo creativo y la acción política.
En 1978 ya existe el Grupo Polígono, en Puerto Montt que, contaba entre sus integrantes a Marlene Böhle, Víctor Caico, Víctor Henríquez, Mónica Jensen, Jorge Loncón, Nelson Navarro Cendoya, Antonieta Rodríguez París y Yuri Subiabre. En octubre publican el número 2 de la revista Polígono, que incluye a doce poetas puertomontinos y al chilote Mario Contreras Vega. Esa edición ofrece también una sección de “Libros y revistas recibidos” cuya información resulta valiosísima para saber lo que se publicaba en esos días.[27]
El primer Boletín de la ACU, fechado en 1978, informa de un encuentro llamado “Presencia Cultural Universitaria”, realizado en diciembre de 1977. Según el boletín, ese encuentro “reunió al ballet, la música, la artesanía, la poesía, la fotografía, el teatro, la pintura y la arquitectura” (2); mostró la diversidad de disciplinas culturales que existían dentro de la agrupación germinal (Agrupación Folclórica Universitaria, AFU), y los motivó a rebautizarla como Agrupación Cultural Universitaria (ACU) en 1978. Ese mismo año, la rama de literatura de la ACU organiza el Concurso Nacional de Poesía “Palabras para el Hombre.” El boletín mencionado menciona, además, los talleres literarios “Oruga” y “Oreja” de Pedagogía en Filosofía, que también eran parte de la agrupación.
De agosto de 1978 data también el Centro de Escritores Jóvenes de Magallanes que se organizó durante el Congreso de Escritores Jóvenes realizado en Punta Arenas en esa fecha. Esta agrupación, que promovió un cambio de actitud en los escritores magallánicos y marcó nuevos rumbos para la poesía escrita en esa zona, estuvo formada por Luis Alberto Barría, Aristóteles España y Eugenio Mimica Barassi, entre otros, y mantuvo por varios años la Revista Momentos.
En 1979, en San Fernando, bajo el alero de la Casa de la Cultura, surge el Taller Literario “Fragua” dirigido por Bernardo Rebolledo Silva. Este grupo fue, además, un dinamizador de la actividad cultural y artística sanfernandina según se señala en Fragua, N° 8, año 1982, que hace un recuento de actividades desarrolladas en su tres primeros años de existencia[28].

Cierre a medias

El Chile fracturado de entonces nos ha dejado, como una herida/herencia abierta, un enorme vacío de información y documentación de las actividades desarrolladas en esos años, que sólo será posible ir llenando/reconstruyendo a través del diálogo directo (conversaciones, cartas, correo electrónico) con los protagonistas. Una tarea imprescindible para completar la historia de los primeros pasos de una generación de poetas que se formó en una orfandad total e inédita hasta entonces en la literatura del país.
Otro capítulo, no menos extenso ni menos importante aunque, tal vez, más fácil de escribir y completar es el de los grupos y talleres literarios nacidos en los setenta en un montón de patrias lejanas que año tras año se fueron haciendo más propias y más entrañables para esos chilenos que tuvieron que escribir, dolorosamente y a la mala, en una tierra que no era la suya[29].
Entiéndase el presente ensayo como un primer aunque extenso paso en el intento de reconstrucción de esa parte de la historia literaria de Chile en la que, a pesar de la censura y la represión, o, tal vez, a causa de ellas, se activó enormemente el movimiento cultural y la producción literaria de los jóvenes.

Havertown, octubre de 2003

Carlos Alberto Trujillo
Villanova University

BIBLIOGRAFÍA PRIMARIA

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BIBLIOGRAFÍA SECUNDARIA

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Poetas Jóvenes del Norte. Publicación del Grupo “Salar.” Ed. Arturo Volantines. Antofagasta. 1
(1980).


[1] Juan Villegas admite esto en su ensayo sobre “El nuevo discurso lírico femenino chileno,” publicado a fines de los ochenta, al afirmar: “La poesía chilena joven de los últimos años se ha producido predominantemente en relación a Talleres Literarios.” (Nota 4, p. 138) Él, claro está, piensa principalmente en talleres profesionales, pagados o subvencionados por alguna institución, como los de Miguel Arteche y Jaime Quezada, pero en el presente ensayo se confirmará esta aseveración al ver los nombres de un buen número de poetas que formaron parte y se formaron en algunos de los talleres no profesionales que fueron los primeros en organizarse tras el golpe de estado y, por lo mismo, los que sirven de base al presente ensayo.
[2] “Tiempo de talleres,” Simpson Siete, Vol. I, Revista de la Sociedad de Escritores de Chile, Primer Semestre 1992, Santiago p.157.
[3] Para una historia completa de las agrupaciones literarias de los sesenta, véase Soledad Bianchi, La Memoria: Modelo para armar.
[4] El poeta Jorge Montealegre nos ofrece el recuerdo siguiente: “Alejados del infierno que había sido el Estadio y de lo que seguramente era la cotidianeidad de quienes estaban “libres”, en Chacabuco nos dimos ciertos lujos que no dejaban de ser autoirónicos: teníamos un Consejo de Ancianos (la cúpula de los presos) que organizó un concurso de poesía y canciones. Como el de Viña, también se llamó Festival y tuvo una gaviota por símbolo. Premios, a repartir: diplomas hechos a mano, un nescafé chico y unas lonjas de turín tipo jamón. Era el Festival de la Poesía y la Canción de Chacabuco. Participaron ciencuenta poemas, de los cuales fueron seleccionados diez ganadores. El jurado: Franklin Quevedo, Mario Céspedes y Vicente Sota. El de música estaba presidido por Ángel Parra.” (Montealegre 88)
[5] No tengo certeza de cuando comenzó el Taller Literario de la Universidad Católica de Temuco, pero, tal vez ya existiera en 1976. Gustavo Adolfo Becerra, que participaba tanto en éste como en el Taller Literario de la Biblioteca Municipal de Temuco me ha entregado la siguiente información vía correo electrónico: “Había otro en la Universidad Católica, donde también daban vueltas (eran satélites) dos mayores: Marco Antonio Puga, experto en Neruda, gran conocedor la literatura anglo-sajona y latinoamericana, profesor de castellano (a partir de una tesis elaborada por él, en relación con la obra de Neruda, fue contratado por la Universidad de Washington, pero no pudo irse por problemas familiares) y Eugenia Toledo (una bellísima persona, de grandes conocimientos y de un profundo análisis -sobre todo del boom latinoamericano- que sí se fue y que entiendo, sigue en alguna Universidad gringa), también la crítica de Rulfo (“El lenguaje literario de Rulfo en su perspectiva cinematográfica,” ¡qué tremendo ensayo!). Rosa Heck y María Alicia Astudillo (una poeta que tenía una pena enorme) y yo. Cumplían funciones de asesoramiento los hermanos Carrasco (Iván y Hugo), también Yosuke Kuramochi (quien nos introdujo al hai-kú). Este Taller, el de la Universidad Católica (funcionaba en calle Vicuña Mackenna, en Temuco), era un poco más abierto y de mayor contenido, también tenían los integrantes [un] sentido social que se traducía en compromisos personales (orgánicos), y era también parte complementaria en nuestra formación el Club de Cine.” (1 de octubre de 2003)
[6] Una investigación en el terreno, que hasta ahora no se ha hecho, daría la posibilidad de seguir el rastro de los primeros talleres literarios a partir de la información directa de gente ligada al medio artístico cultural de ese tiempo.
[7] Para una historia completa de los inicios e historia del Taller Literario Aumen, véanse Carlos Alberto Trujillo: Un poeta del sur de Sudamérica, de Zelda Irene Brooks, Scrypta Humanistica, 1992, y/o “El Taller Literario Aumen: Veinte años de poesía,” introducción a Aumen. Antología Poética (1975-1988), Ediciones “Aumen”, 2001.
[8] Nota del autor: Víctor Molina Neira fue mi Profesor de Filosofía en mi primer año en la Universidad de Chile, sede Temuco, en 1969. Mis compañeros de curso, originarios de la zona, lo conocían por sus poesías publicadas en textos escolares. Esa sede universitaria es actualmente la Universidad de la Frontera.
[9] Becerra y Memet eran de Temuco; Hidd, de Santiago, y Vásquez, de Puerto Montt.
[10] “También estaba un poeta, muy llamativo (en la línea de Venancio Lisboa, por ahí) que se llama Provoste (profesor), otro que se llamaba Luis Urra Bidart (era como Pablo de Rokha y con una belleza en sus escritos que sólo podía contener su corazón. Era, en ese entonces, quién más llamaba mi atención junto a Jorge Neira) y otro que se llamaba Claudio González (eléctrico: un poco más de cobre), También un enorme poeta que se llamaba Jorge Neira (tenía una voz muy propia y un background cultural vastísimo). Circulaba también Bernardo Reyes, el sobrino-nieto de Pablo Neruda. Hubo una serie de muchachos jóvenes. Aunque no era visible (ni siquiera para muchos integrantes del taller). Habían ahí cabos de resistencia política. (Información dada por Gustavo Adolfo Becerra, 2 de octubre de 2003)
[11] Hugo Montes y Roque Esteban Scarpa, entre otros.
[12] Entre otros juicios de Montes, encontramos los siguientes "Hay que decirlo claramente: José María es el poeta del Chile más joven. Deudor de todos los anteriores, tiene una voz que no se confunde con la de ninguno." (7) "¡Espectro amplio, rico, definido, admirable en un poeta de algo más de veinte años! Memet ha recorrido en muy poco tiempo el itinerario que para otros duró una vida. ¿Qué vendrá después? ¿Qué tonos faltan al de la vociferación, la denuncia y la ternura? Si todo fututo es imprevisible, el de un poeta como José María Memet resulta hermético del todo, sellado, aun para el más imaginativo de los críticos. Fácil, en cambio, es el anuncio de que seguirá creciendo en poesía y humanidad y que le espera un destino de excepción. (El subrayado es mío)
[13] Hay que señalar que los primeros encuentros importantes de poetas jóvenes realizados en Chile tras el golpe de estado se llevaron a cabo en el sur. El Encuentro de Poetas Jóvenes del Sur de Chile (Valdivia, 1997), y el Primer Encuentro de Escritores en Chiloé (Castro, 1978). Sólo seis años más tarde, se realiza algo similar, aunque de mayor magnitud, en Santiago. El Primer Encuentro de Escritores Jóvenes, que organizó el Colectivo de Escritores Jóvenes coordinado por Carmen Berenguer, Ramón Díaz Eterovic, Jorge Montealegre, Diego Muñoz y Aristóteles España (19, 20 y 21 de mayo de 1984).
[14] En ese momento se dio la notable casualidad de que Renato Cárdenas, de Aumen, trabajaba para el primero, y Mario Contreras, de Chaicura, trabajaba para el segundo de los diarios mencionados. Gracias a la información publicada en ambos diarios se puede seguir día a día las actividades del Primer Encuentro de Escritores en Chiloé, como también entender la importancia que tuvo dicho evento en el tiempo en que ocurrió.
[15] Formada por las provincias de Valdivia, Osorno, Llanquihue, Chiloé y Palena.
[16] Eso no quiere decir que hubiera actividad literaria o cultural. Sergio Mansilla, activo participante en el ambiente cultural valdiviano de esos años me ha dado los siguientes datos: “Cuando llegué a Valdivia en marzo de 1976 existía un grupo denominado “Quasar,” formado por estudiantes de castellano y liderados, al menos para fines públicos, por Pedro Jara. La única actividad pública que tenían era la publicación de un diario mural en uno de los pasillos de la UACH, que se renovaba permanentemente. Ahí publiqué mi primer poema en Valdivia […] “Matra,” (médula del hueso” en mapudungun) que existió de 1978 a 1979, fue un feliz invento de Pedro Jara. “Matra” era un grupo de amigos cuya finalidad principal fue la organización y sostenimiento de “Los Martes de la Poesía.” No hicimos reuniones de taller en el sentido estrictamente técnico del término (como se hacía en “Aumen” y más tarde en “Indice”). Nos reuníamos de manera informal y conversábamos mucho sobre literatura y política, pero no eran sesiones programadas de taller.” (Email del 6 de octubre de 2003). Según Óscar Galindo “Matra publicó también una Antología Mínima de tiraje restringido.” El grupo estuvo formado por Clemente Riedemann, Jermaín Flores, Hans Schuster, Pedro Guillermo Jara, Maha Vial (Magali Segura), Rubén González, Jorge Torrijos, David Miralles y Jorge Ojeda, junto a Miguel Gallardo y Sergio Mansilla, provenientes del Taller Literario “Aumen” de Castro [también el artista plástico Roberto Arroyo].” (Galindo, 213) También en agosto de 1977 se publicó en Valdivia una revista de poesía, sin nombre, en una edición miemeografiada de sólo cincuenta ejemplares, con el auspicio de la Facultad de Letras y Educación, la Escuela de Castellano y la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la Universidad Austral. Dicha revista trae unas “Notas prologales” de Walter Hoeffler (profesor de la UACH) y no parece representar a un grupo organizado sino simplemente a los estudiantes de castellano que escriben poesía. Afirmo esto porque cuando Hoeffler alude a Sergio Mansilla y a Miguel Gallardo, los describe como “miembros activos del Taller Literario “Aumen” de Castro,” lo que indica que los poetas publicados no forman parte de ningún taller en la universidad. Según Mansila, dicha revista se publicó también gracias al empeño de Pedro Jara.
[17] Sus integrantes fueron Miguel Gallardo, Oscar Galindo, Rosabetty Muñoz, José Teiguel, Nelson Antonio Torres, Luis Ernesto Cárcamo, César Díaz, David Miralles y Jamadier Provoste. Los cinco primeros pertenecían a Aumen.
[18] Oscar Galindo, en Valdivia; Sergio Mansilla, en Osorno; José Teiguel, en Fresia; Jaime Márquez, en Ancud; Rosabetty Muñoz en Quemchi y Ancud; Ramón Mansilla, en Achao; Carlos Trujillo, Nelson Torres y Mario García, en Castro.
[19] Rosabetty Muñoz, quien mantiene un buen número de ejemplares de las revistas Ariel y Voces, me ha mencionado los siguientes nombres que formaron parte de "Ariel": Luis Alejandro Iglesias, Raúl Hermosilla Muñoz, Baccio Salvo, Ricardo San Martín López, Ana Iglesias, Amelia Salinas Arévalo, Huencho Alarcón, José Francisco Carrión Canales y Pedro Mardones Lemebel.
[20] El N°3, fue publicado en abril de 1978.
[21] Cito parte de una entrevista hecha a Mario Contreras en 1992. “Trujillo: … me interesa que me hables del trabajo que por esos años empezaste a desarrollar en Ancud con el Grupo Chaicura. Contreras: Bueno, pero si no lo olvidas, eso fue también una insinuación tuya porque lo conversamos acá (en Castro) ese verano de 1976. Yo había salido recién de la cárcel en diciembre del 75. […] En febrero del 76 o tal vez en el mismo diciembre del 75 iniciamos estas conversaciones fundamentalmente para levantar de alguna manera el desarrollo de la poesía en Chiloé y para ve la posibilidad de repetir una experiencia muy interesante que estaba surgiendo en Castro y que era el Taller Literario Aumen. […]”
[22] Posteriormente Contreras publicará un número de la revista Archipiélago (1982) y nueve trípticos de poesía y cuento como suplementos de la revista, pero se trató de un esfuerzo personal. No fueron publicaciones de un grupo.
[23] “Chaicura nació en julio del 76 y duró hasta finales del 79, oportunidad en que me retiré del diario La Cruz del Sur, donde trabajaba, y me dediqué por mi cuenta a manejar un camión y a salir de la provincia todas las semanas y ya no hubo forma de poder continuar con el trabajo del taller literario.
[24] La antología con los poemas premiados se publicó en 1980, dos años después de fallado el concurso.
[25] El ensayo de Triviños informa también de la publicación en la capital penquista de varios números de la revista Vértice entre 1976 y 1877. Dichos números incluyen poemas de Patricio Oyaneder, Marco Antonio Allendes, Jorge Salgado, Edgardo Jiménez y Jorge Mendoza, pero el ensayo no menciona que esos poetas formaran un grupo organizado. (Triviños, 65)
[26] Ramón Díaz Eterovic afirma que la ACU en su rama literaria llegó a reunir más de cuarenta talleres. (Díaz Eterovic, 94)
[27] Menciona los siguientes libros de poesía recibidos y su lugar de publicación: Cantos, de José Miguel Vicuña (Santiago); Poemas Sinfónicos, de Federico Tatter (Osorno); Alguien hablará por mi silencio, de Juan Antonio Massone (Santiago); Las musas desvaídas, de Carlos Alberto Trujillo (Quillota); Raíces, de Mario Contreras Vega (Ancud), Vienes o vas, de Raúl Césped (Osorno); Palabras en desuso, de Jorge Torres (Valdivia); Sol invisible, de Francisco Medina Cárdenas (Santiago); Una casa en la lluvia, de Astrid Fugellie (Santiago); la antología Poesía Décima Región, compilada por Gabriel Venegas (Osorno); Cartas desde España y Cartas desde Puerto Montt, de Antonieta Rodríguez París (Puerto Montt).
Entre las revistas recibidas nombra, Nueva Línea, Santiago, director Francisco Medina Cárdenas, N° 1, 2, 3, 4 y Suplemento Aniversario; Aumen, Castro, directores Carlos Alberto Trujillo y Renato Cárdenas; Más que el silencio, Osorno, director Gabriel Venegas; Erratas, Valdivia, director Jermaín Flores; Casuars (sic), Valdivia; Suplemento Cultural, Río Bueno, directora Graciela Morales Bousa, y Boletín Literario Caicura, director Mario Contreras.
[28] Se señalan presentaciones del actor y declamador Roberto Parada, de los cantautores y payadores Pedro Yáñez y Eduardo Peralta, de los poetas Jonás y José María Memet, de los Talleres Andamio, la cantante Capri, el Conjunto Folclórico “Yaguarcoya”, la Compañía de Teatro “Tierra” de Rancagua, etc.
[29] Este ensayo no ha considerado los talleres literarios profesionales, es decir, en los que se pagaba por participar, en primero lugar, por constituir entidades puramente literarias sin ninguna conexión, como grupos, con el quehacer político y, en segundo lugar, porque surgieron con bastante posterioridad a los talleres nacidos al margen de la institucionalidad oficial y que jugaron un importante e imprescindible papel en la actividad política de sus comunidades.